En este momento me encuentro en un avión de VivaAerobus de regreso a la Ciudad de México, pagando las consecuencias de mis propias acciones, algo que por más que a veces quiero olvidar, la verdad siempre regresa a su lugar de origen, por lo que  aunque me pese decirlo, hay edades para todo.

Toda la semana pasada estuvimos de vacaciones en Cancún con toda mi familia, algo que no hacíamos desde hace al menos unos seis años  y algo que siento que deberíamos de hacer mucho más seguido, ya que familia solo hay una y debemos de aprovecharla lo más que se pueda mientras estén con nosotros.

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Estoy  seguro de que el error que cometí el día de ayer fue en gran parte causado por la  gran felicidad que me causó el estar reunido con mi familia como en los buenos viejos tiempos; sin embargo, un adulto debe de saber manejar sus emociones y no dejarse llevar ni por la felicidad ni por la tristeza, ya que ambas tienen consecuencias inmediatas como las que estoy sufriendo en este momento.

Todos los días de aquella vacación la pasé muy tranquilamente comiendo muy rico, bebiendo cerveza y durmiendo muy bien, justo como debe de ser una vacación; sin embargo, tuve que arruinar todo mi descanso el último día como lo hacía de más joven, ingenuamente pensando que no habría mayores consecuencias, sin embargo siempre las hay.

El último día de nuestra vacación, al estar tomando una siesta en mi habitación,  fatigado del sol y en depresión por tener que regresar a México el día siguiente, mis hermanos tocaron mi puerta, cada uno con un Long Island Ice Tea y con los pómulos rojos, como le sucede  a muchas personas cuando comienzan a beber y cuando los efectos del alcohol apenas comienzan entrar en rigor.

Al abrir la puerta, ellos inmediatamente me invitaron a bajar al bar del hotel donde habían conocido a algunas personas quienes estaban organizando un estilo de fiesta de despedida para todos los que partíamos el día siguiente, algo que por supuesto me motivó de sobremanera, aunque sabía que era peor que una pésima idea, especialmente sabiendo que el día siguiente a las once de la mañana habría de estar en un vuelo de regreso a casa.

Como bien se podrán imaginar, poco dudé antes de bajar al bar del hotel con mis dos hermanos para pasar una buena tarde y una noche intensa, ya que cuando salgo al bar me gusta hacerlo bien y de manera adecuada, lo que significa terminar hasta que salga el sol.

Cualquier persona civilizada sabe que al salir a tomar, uno debe de tomar solo un tipo de alcohol para evitar una agonía certera el día siguiente, una agonía que no falla y puede dejarnos inmóviles en cama por un día entero.

Por supuesto que yo no seguí esta regla y bebí todo tipo de licores en enormes cantidades y hoy siento que muero.